Los “problemas de autoestima”: otra manera de entenderlos

A menudo hablamos de “baja autoestima” como si fuera un trastorno en sí mismo, pero, estrictamente, no existe como diagnóstico clínico. En el DSM, el manual utilizado en salud mental, no encontramos ninguna entidad llamada “trastorno de baja autoestima”.
Lo que llamamos así es, en realidad, un conjunto de síntomas, una consecuencia de un determinado estilo de pensamiento y de una manera concreta de relacionarnos con nosotros mismos.

La autoestima no es una cualidad estática, ni algo que “se pierde” y “se recupera”, sino un estado emocional cambiante. Funciona como un termómetro que oscila según el contexto: cuando vivimos éxitos, apoyo o estabilidad, tendemos a percibirnos más capaces y válidos; cuando nos enfrentamos al rechazo, al fracaso o a la crítica, es normal que esta percepción disminuya.

El problema surge cuando este termómetro se desajusta.
Esto ocurre cuando la voz crítica interior se vuelve demasiado intensa y persistente, cuando nos comparamos constantemente o cuando vinculamos nuestro valor personal al rendimiento o a la opinión de los demás. Estos patrones mentales pueden dar la sensación de que “tenemos poca autoestima”, cuando en realidad estamos bajo la influencia de hábitos cognitivos que distorsionan nuestra percepción.

La metáfora del copiloto

Para entenderlo, resulta útil imaginar que conducimos con un copiloto interno que no deja de comentar el trayecto: anticipa errores, exagera riesgos, cuestiona nuestras decisiones. Su función, en parte, es protegernos, pero a menudo lo hace de manera desproporcionada.

El problema no es que hable —la mente siempre produce pensamientos—, sino cuando le hacemos demasiado caso. Cuando esta voz nos frena, nos hace evitar situaciones o nos impide actuar en la dirección que querríamos, es cuando aparece la sensación de falta de seguridad personal.

La clave no es eliminar al copiloto (porque no es posible), sino modificar nuestra relación con él. Aprender a avanzar a pesar de las dudas, el miedo o la crítica, y tomar decisiones basadas en lo que es importante para nosotros, no en lo que nos dicta esa voz interna.

Con el tiempo, esta nueva relación hace que el copiloto pierda influencia, y a menudo también intensidad.

Un ejercicio para empezar

Te propongo una reflexión sencilla:
Imagina un día en que ese copiloto está especialmente tranquilo.

Pregúntate:

  • ¿Cómo serías tú en un día con una autoestima más estable?
  • ¿Qué acciones harías diferente?
  • ¿Qué dejarías de hacer o de evitar?

Anota tres gestos cotidianos que reflejen ese cambio: opinar con más naturalidad, poner límites sin tanta justificación, dedicar tiempo a actividades que te enriquecen, pedir ayuda con serenidad, hablarte con más amabilidad cuando te equivoques…

No se trata de diseñar una vida perfecta, sino una vida más coherente con quién eres y con tus valores.

Más que “tener autoestima”, se trata de aprender a conducir tu vida sin que tu voz crítica tome el volante. Si necesitas ayuda para hacerlo, ¡puedes contar conmigo! 🙂

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